1984

Amanece en mil novecientos ochenta y cuatro,

cruzamos los raíles del carbonero, estruendo,

la tierra tiembla en el valle como belcebú taconeando,

olor a muerte, sabor a grisú, la mina agria la vida.

 

La parca se lleva a ocho en Fabero,

piso diecisiete sur, mil llantos al asqueroso dios Hades,

huérfanos sin más abrazos en el Pozo Río,

repleto de polvo negro y aire quemado.

 

Los que se van tienen la cara tiznada

las manos sucias como el alma del que paga ,

las entrañas escupen el carbón que calienta la gran ciudad,

donde la mina sólo suena a suciedad.

 

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