SANGRE Y NIEVE

Relato corto presentado al concurso Internacional de relatos cortos “La Fénix Troyana”

         Para Ángel la montaña siempre había sido reflejo de sus nervios, frustraciones y huidas; sobre todo ahora que regresaba después de tantos años y sus recuerdos eran aún más  nítidos y albinos que en Madrid.

         El sonido ronco del V6 del todoterreno le hacía adentrarse en la infancia junto a su tía Rogelia, que lo acogió, no como si fuera el hijo de una prima segunda fallecida sino como a su pequeño destetado. Lo convirtió en el centro de su universo, de su cabaña, alejados ambos del pueblo en pleno centro de la inmensa chopería berciana.

         Las carreteras y el resto de los inertes bosques apenas habían cambiado en los últimos veinte años. Se adivinó pensando que él tampoco había cambiado demasiado, seguía con la tos sempiternamente cavernosa, y los granos aún inundaban a temporadas su piel.

         Alguien tenía que ir al pueblo para finalizar la venta de la casa familiar, deshabitada desde que hace más de quince años la tía se había trasladado a la capital junto a él.

         Después de pasar por el notario y firmar los documentos de rigor, este se empeñó en tomar una copa en el bar para sellar el acuerdo. Ángel supuso que su comisión por una venta sencilla había sido lo suficiente cuantiosa para estar jubiloso, además descubrió que era un hombre alegre y bromista con poca estadía del cargo que ocupaba.

         Detrás de la barra del bar seguía Adolfo, muy envejecido después de que como acertó a adivinar, no pudiera dejar sus antiguos hábitos de fumador compulsivo y catador de una docena de cafés diarios. Lo reconoció al instante:

  • Hombre si está aquí Ángel, el pequeño albóndiga, ya me enteré que Rogelia había espichado.
  • Si la enterramos en la capital.- por mera corrección contestó.
  • Vaya tetas tenía la Rogelia, un prodigio de la madre naturaleza.- la sincerad y discreción de los lugareños seguía intacta.

No solo el dueño del bar se acordaba de los encantos de su tía, sus estudios de abogado, su ropa, las facturas y la comida los habían pagado aquellos pechos proverbiales; los lugareños pagaban por verlas y tocarlas, en aquellos tiempos sin móviles con cámaras, lo único que valía era ver las cosas en vivo. Así como si fuera la estanquera de Amarcord la fama de su tía la hizo conocida para ellos y odiada por ellas.

Le pidió al Notario pasar la noche en la vieja casa y entregarle las llaves antes de marcharse a la mañana siguiente necesita seguir con su vida de Letrado de prestigio con bufete propio en pleno Paseo de La Castellana, una vida mucho más glamurosa que la que pisaba ahora con sus zapatos manchados de serrín y sidra por igual. Al menos la cabaña estaría limpia como había mandado hacer para la venta.

Muy a su pesar, Adolfo y el notario le pusieron al día de muertes, bodas, divorcios y bautizos entre copa y copa. No estaba acostumbrado a beber, así que cuando se incorporó para ir al baño se dio cuenta que el bar estaba lleno de chicos y chicas vestidos de negro, con chaquetas enormes, abrigos militares, con caras pálidas y pulseras de pinchos. Un poster a la entrada del aseo se lo explico: era la puta noche regional de los góticos. De acuerdo, pensó, pero ¿de dónde han salido tantos?, la respuesta estaba a menos de diez metros, la hija veinteañera del adulador Adolfo era Lady Ginebra presidenta de “el club negro” de Villablino, buen nombre para el club de un pueblo minero concluyó con sorna.

En el aseo intentó espabilarse a base de agua en la nuca y un par de buenas bofetadas de enemigo acérrimo. Al menos ahora podía pensar con cierta lucidez.

Detrás de la barra estaba Lady Ginebra que se llamaba realmente Generosa y era una chica simpática, con un cuerpo proporcionado y una sonrisa misteriosa, además una falda larga, blusa de puntilla, labios oscuros y pelo cobrizo le daban al conjunto el brillo de una llama de fuego.

Se iba a atrever con otra copa, el valor etílico hizo iniciar una conversación sobre música, para algo le estaba sirviendo ese gusto tan ecléctico suyo, pero justo cuando se sentía en su cenit metalero, un vómito dejo su soliloquio en punto muerto.

Se ofrecieron a llevarlo en coche, el novio de la chica y ella podían acercarlo a su antigua casa para que durmiera la borrachera.

Se acostó en la única habitación de la planta superior después de marearse nuevamente justo después de abrir la puerta de madera del antiguo hogar. Acertó a dar las gracias a la pareja de góticos antes de que sus cuarenta años le llevaran a dormir sin remisión.

Las siguientes horas, minutos y segundos fueron de un sueño profundo y reparador. Al despertar escuchó en el piso de abajo como sonaban guitarras y batería por doquier, la escalera de madera temblaba, notaba las vibraciones de la música a través de sus pies descalzos. Decenas de velas encendidas iluminaban la antigua sala circular que tantas partidas de parchís había visto. En el centro estaba el cuerpo inmóvil y en ropa interior de una mujer.

Al acercarse vio que un charco de sangre rodeaba el cuerpo, un juguete erótico asomaba entre las piernas de la chica. Dos pasos más y no hubo dudas, era Ginebra, un tatuaje de un macho cabrío enmarcado en una estrella de cinco picos invertida adornaba su espalda.

Tenía que llamar al pueblo, avisar a un médico, a alguien, a quien fuera, pero antes de que pudiera pensar en números de teléfono la puerta de entrada se abrió de golpe y ordenadamente entraron varias personas vestidas de policía, con sus placas relucientes y sus armas en la cintura.

Pudo explicar con tranquilidad y templanza todos los hechos, respirando profundo y conteniendo todas y cada una de sus emociones. Todo el mundo le creyó sobre manera cuando detrás de la casa encontraron al espigado de Modred colgado de una viga con las manos embutidas de sangre ,posiblemente de su novia, y el teléfono móvil a sus pies con la última llamada que el chico había hecho antes de suicidarse, confesando lo ocurrido a la telefonista del centro de emergencias.

La cabeza le estallaba, pero tres aspirinas dejaron su cuerpo como recién salido de un spa de cinco estrellas, la química era mucho más rápida que la física.

Esperó en el pueblo a que se celebraran los funerales de los dos muchachos, por respeto, y porque la policía le había pedido estar localizado durante las siguientes 48 horas. El notario fue un gran anfitrión y le dejó una pequeña habitación en su propia casa.

Todo el mundo en el lugar comentaba que los chicos coqueteaban con las drogas desde hacía tiempo, en pleno éxtasis sexual jugar con objetos cortantes en la garganta pudo hacer que el límite entre la vida y la muerte fuera aún más fino de lo que ya lo es de por sí.

En cuanto recibió el aviso telefónico que estaba totalmente libre de culpa, se despidió rápidamente, y puso en marcha de nuevo el motor de su coche y su vida. Pensó en Adolfo, el padre de Ginebra, estaba realmente afectado, había enviudado hacía ya tiempo y su hija era lo único que le quedaba, en el entierro esa misma mañana lo vio demacrado, absorto e ido.

Sonrió al entrar en la autovía, Adolfo tal vez esta misma noche sentiría estar al borde del suicidio, con algo de suerte, pensó, cogería su escopeta de caza, la limpiaría despacio, la llenaría de aceite, la secaría dejándola brillante, la cargaría con dos cartuchos de posta, la colocaría en la boca, esa puta boca que le había llamado albóndiga con patas de niño, esa puta boca que le comía los pechos a su tía, esa puta boca embaucadora que tantas veces había prometido a su tía dejar a su esposa, y esa boca que fue la única que su tía permitió explorar otros valles de su cuerpo, aunque el camarero también pidiera que el niño estuviera presente para excitarse.

Pasó el límite de provincia, riéndose a carcajada limpia, casi llorando, en pleno ataque de histeria, se vio como en un telefilm que en sus primeros minutos recuerda lo importante de los episodios anteriores, se recordó bajando las escaleras, observando a los jóvenes descansando después de hacer el amor, como con precisión quirúrgica los había asesinado. Como había colocado todas las pruebas en su sitio y orden preciso. Como había disfrutado matándolos. Sin pensarlo, sin dudarlo unos segundos actuó como un criminal de los que defendía a docenas todos los años, pero mucho más cauto al hacerlo sin sentimientos y sin nerviosismo.

Miró el reflejo de sus ojos en el cristal del espejo retrovisor y durante unos segundos sintió ser Narciso admirando su propia imagen. Un jabalí cruzaba a esa hora distraído la carretera, después de que casualmente hubiera encontrado un trozo de valla mal cerrado, cuando su todoterreno le pasó literalmente por debajo, ya que el puerco impacto en defensa y luna por ese orden.

El Guardia Civil que llegó al accidente anotó en el margen del atestado una pequeña reseña a lápiz: “el conductor fallecido tiene una expresión de alegría que nunca he visto antes, sonríe de oreja a oreja”.

 

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