Los Huéspedes de mi vida

Relato presentando al Concurso Nacional de Relatos Cortos Agifes – Relatos relacionados con la salud mental. Espero os guste y tenga suerte en el concurso.

Los Huéspedes de mi vida

             «Tengo que vivir el momento», fue su primer pensamiento de un día cualquiera, de una estación sin lluvia, de un año sin importancia.

El pasado no era más que un leve surco en la poco fértil tierra de sus recuerdos, y el futuro se antojaba terroso y estéril. Sin embargo pese a todo, era una mujer feliz, alegre y con una sonrisa para con todos.
Un nuevo chico, también moreno y atractivo , como los últimos, le tenía preparado en la planta baja su desayuno preferido: una taza de humeante leche, bizcochos y una tostada un poco quemada – «los dueños del hotel que costumbre más fea tienen de despedir y contratar gente cada mes».
Los tres chiquillos de la segunda planta, estaban ya acabando de cenar, sus padres pasarían a recogerlos en unos minutos. «No entiendo cómo se puede permitir alojarse en hoteles a niños tan pequeños». Al cabo de unos minutos se despidieron de ella con dos besazos, porque eso no eran “bicos”, eran besos enormes, gigantes y ruidosos, como sus juegos infantiles a las tantas de la mañana, corriendo de un lado para otro. Adoraba a esos niños aunque sólo fueran unos huéspedes más de su mismo hotel, le alegraban el corazón cada día.

Sentada a media madrugada al sol tras las cortinas del corredor, observó como el chico moreno, salía andando del brazo de la madre de los niños, no daba crédito a sus ojos, «están liados, si apenas llevaba un día trabajando en el hotel y ya se había encaprichado de la madre de los niños, mejor sería que educara a sus críos en vez de andar de corre ve y diles de un lado para otro».

Una vez, recordó, que ella fue del brazo de un apuesto muchacho pero no por aquel pueblo con olor a salitre, sino por uno con olor a jazmín, menta y violetas, con casas de piedras, y árboles en cada calle. Aquel muchacho se llamaba Amancio, eso sí que lo sabía. Casualmente como el camarero nuevo del hotel, y uno de los tres niños.

Decidió que podía pasear por el jardín, el recuerdo de los aromas le había dado vitalidad, y allí estaba la jardinera ,se llamaba Eva, como su hermana pequeña, la pobre había muerto muy joven arrollada por un tren de carbón, ¡ cuánto lloró por ella!, ¡cuánto lloraba por ella cada noche en su rezos!. Su recuerdo estaba allí, unido a ella, cicatrizado a su piel, inolvidable.

Eva sin embargo, al contrario que mucha gente del hotel, era una cara conocida, vestía de blanco y llevaba cofia como las antiguas enfermeras de los hospitales, «esa ropa no es muy adecuada para trabajar al aire libre y menos cuidando flores».
Eva le hacía preguntas tontas, que si suma esto, que si resta lo otro, que si como se llamaban sus hijos, cuando sabía perfectamente que ella no tenía hijos, que nunca estuvo casada, tuvo un novio eso sí, Amancio. Pero este de la noche a la mañana desapareció, y no recordaba mucho más aparte de que le seguía queriendo, que le hacía reír y que no paraba de besarla, así despacito como se besa a los niños.

A medio día se empeñaban en servirle la cena, y al anochecer la comida, «es un descontrol», pero se había acostumbrado a vivir así, era hasta divertido si lo analizaba detenidamente, era como ir a contracorriente.

De noche algunas veces venían personas que sabían su nombre y se mostraban con ella como si la conocieran de toda la vida, «estoy segura que son algunas de las pruebas de Eva, a vueltas todo el día con la dichosa memoria».
Siempre se ponía muy nerviosa, pero intentaba ser cortés con los desconocidos que la besaban y abrazaban. Después de la visita iba al jardín y mirando tranquilamente la fuente, rasgaba una y otra vez hojas de periódico, haciendo movimientos cruzados con los dedos, rasgándolos despacito en trozos muy pequeños.

Uno de los desconocidos se emocionó al hablar con ella, le dijo que se llamaba Amancio y ella le contestó muy educadamente.
-¡ Qué manía os ha entrado a todos con llamaros como mi antiguo novio ¡.
Después de rasgar las cinco primeras páginas de un periódico deportivo, escuchó como el tal Amancio que no había dejado de observarla curioso en su tarea de “rasga que te rasga”, le decía a Eva:
– Lo hace porque fue durante cuarenta años una de las mejores costureras del país.
«Vaya tontería se fue a inventar, si ella siempre se dedicó a ser maestra». – No se lo tendría en cuenta, parecía buen hombre y su rostro lleno de arrugas le resultaba familiar, «seguro que de joven había sido tremendamente guapo».

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