4 muertes.

 

Elisa es mayestática, depresiva y diferente. Vive en la casa de una planta de madera en medio del minúsculo pueblo de no más de una centena de vecinos. Ellos la apodan la loca, la chalada y la de las campanas. Porque cada vez que escucha el sonido de los carillones de la iglesia tocando a muerto de una forma cadenciosa, lenta y triste, Elisa reniega, sale a la calle tal y como está en ese instante, desnuda o a medio vestir, desgreñada o con su moño repleto de horquillas, con la comida hecha o por hacer. Elisa grita, insulta, algarabía las almas, ahuyenta a los malos espíritus que quieren arrebatar el alma del recién muerto. Ella inicia su cántico, su poema para abrazar el alma y trasladarla al lugar donde el sol siempre brilla, donde los ojos no lloran, y donde ella dice para sí: la espalda no duele. Esa maldita y dichosa columna que la atormenta desde niña, aquel día que sus vecinos decidieron convertirla en pájaro, después de salir del colegio. Elisa les mira y no puede entender cuál es el juego, no opone resistencia, ya de niña sabe que poco se puede hacer cuando el destino reparte las jugadas. Desde lo alto del pajar ve a lo lejos el castaño lleno de frutos, las nubes a medio camino del paraíso, siente su cuerpo ingrávido caer, no tiene dolor, no posee rencores, únicamente el sabor cálido de la sangre en la boca. Ve a su padre correr hacia ella y renegar de los niños que ha huido ante la presencia del carpintero que con su palo jura tormentas.

 

Elisa está cantando tranquilamente, espera a comer a su Miguel, juega con sus perros, canta distraída. Una premonición atroz cruza su mente, destroza su ser, rasga su voluntad, ataca despiadadamente sus nervios, babea, balbucea, respira, llora, muerde. Lejos de allí Miguel yace boca arriba, un tres ejes ha arrollado al pastor y veintitrés ovejas, el conductor fuma de pie en la carretera para calmar los nervios, intercambia miradas entre los animales y la cabina manchada de sangre, posa sus ojos más allá recordando la noche anterior y los cinco vasos de escocés que recorren sus venas a la misma velocidad que el conduce a diario. Sabe que sus días como camionero han acabado. Ve una pierna y no quiere seguir mirando.

 

Elisa no quiere ornamentos en el entierro de Miguel, no desea funeral ni falsedades, ni llantos de plañideras, ni oficios ni ritos. Tiene veinticinco años pero sabe más de la existencia que muchos, se siente animal, está conectada con la Tierra, con el Fuego y el con el Agua. Entierran el cadáver a dos metros de profundidad en una caja de madera, ella lo mira desaparecer con las primeras paladas de la tierra arcillosa que tiene el campo santo del pueblo. Los vecinos se congregan cautos lejos de la joven viuda, esperando lo que todos intuyen, conocen y ansían. Elisa mira hacia arriba y ve llegar a las gárgolas, ella es fuerte, ella sabe cantar, conoce la nana de la muerte, la grita e hiela a todos la sangre, estrofa a estrofa, como armas lanzadas las notas golpean y atraviesan los cuerpos espirituales que sirven al que no tiene nombre. Elisa ha ganado una vez más, el alma de su esposo, como tantas, morará para siempre en el lugar, como ella dice,  donde no duele la espalda. Los vecinos sólo han visto a una joven destrozada, con el mismo espectáculo demente de siempre, se dispersan callados, nadie da la vuelta, pasados unos minutos, para proteger el cuerpo de rodillas junto a la tumba, de la tormenta que se derrama sobre sus cabezas.

 

Ernesto es un niño de apenas una decena de primaveras, moreno, gordo y observador. Lleva siempre pantalones de pana porque son los únicos que tiene, y una camisa sempiterna que un pastor regala a sus padres cuando los ve vivir debajo del puente. Ese mismo día cambia su suerte, sus progenitores comienzan a trabajar en los viñedos. Él avanza hacia el colegio, aprende las letras, los números muy rápido, sabe que las uvas no duran para siempre. No puede jugar, no pierde ni un instante. A veces recuerda al pastor, su sonrisa, toca la felpa y siente gratitud. Camina hacia al puente acabado el día, su padre tiene comida caliente, escucha un estruendo enorme, el tren ha atropellado algo, todos corren para observar que ha pasado. El niño ve un cuerpo al lado de la vía, se acerca entre curioso y asustado, las piernas tienen una forma vectorial muy lejos de la normal que tendría un humano con salud. El hombre tiene los ojos abiertos, respira aún, solloza al ver al niño y le agarra la mano. Ernesto le conoce es camionero, aunque hace tiempo que no conduce ningún vehículo, no entiende lo que dice, pero sabe lo que debe de hacer, reza el responsorio de muerte que ha escuchado rezar a su abuela gitana. Sabe que debe honrar a los muertos.

 

El pueblo está desangelado, inerte, la muerte le ha vuelto a golpear, esta vez en lo más alto, en la mejor familia, llena de abogados, arquitectos y médicos. Su matriarca fallece, el corazón se parte en dos en plena partida de brisca con las amistades, en el club de la ciudad nadie habla de otro menester. La familia decide dar cristiana sepultura en el gran panteón familiar, con su propia capilla, con su enorme lápida blanca, donde es notorio la importancia del apellido. Nunca se ven tantas coronas, ni tantas flores, ni tantas lágrimas ni tantos collares con perlas. El pueblo asiste atónito al honroso funeral oficiado por cinco ministros de la santa madre iglesia, réquiems, liturgia preciosista y rezos que a buen seguro ayudarán en la ascensión del alma al reino de los cielos. El ataúd es transportado por seis hombres trajeados y enlutados, en silencio camina la comitiva abierta por uno de los sacerdotes que agita un incensario que despide como es su cometido el olor para recordar a los presentes uno de los tres regalos que se le otorgaron a Jesús. En un instante la de las campanas sale en camisón gritando, cantando e insultando. No se la ve desde hace dos años, cuando enviuda. Todo está previsto, dos guardas de seguridad fornidos en miles de horas de gimnasio la arrastran sin dificultad hasta la casa de la que ha salido, la golpean y empujan, el cuerpo de cincuenta kilos cae en la entrada y golpea con la cabeza el pequeño mueble lleno de velas encendidas. Los hombres cierran tras sus espaldas la puerta y aceleran el paso para cerrar sin mayores contratiempos por fin la comitiva.

 

La primera vela cae en el suelo lejos, la segunda prende sin remedio la seda del camisón antiguamente albino de su noche de bodas, arde como gasolina, las llamas llegan a los muebles de castaño. Ella duerme tranquila, su ser ya no sufrirá más.

 

Todos al lado del mausoleo limpio para la ocasión, ponen cara circunspecta, miran con toda la tristeza que pueden a los operarios, estos levantan con cuñas unos centímetros la lápida, con un juego ingenioso de palancas la mueven hacia uno de los lados, el ataúd es de nogal, con tapizado interior de rasillo blanco, con un cristo tallado de cuatro palmos de largo y unos preciosos herrajes dorados. Las viejas lloran y con lágrimas inundan sus pañuelos. Cinco son los herederos legales y una centena los deseosos de serlo, todos ansían que el notario al leer las últimas voluntades les nombre, la esperanza y la codicia en este caso son hermanas gemelas de manos entrelazadas. Los vecinos y autoridades saludan a cada uno de los allegados, por educación y aceptación de posición social, cuando termina la pantomima nadie sabe de dónde viene ni a dónde va.  Los hombres de Dios se retiran una vez reciben la tasa de peaje por los servicios brindados de acceso a la autopista eterna. Nadie escucha a las gárgolas ni los gritos de terror.

 

La casa y el cuerpo de Elisa arden, su alma libre vuela ya. Las gentes ven el humo y se reúnen en corro para solo contemplar los rescoldos que quedan. Asisten a un final tétrico, rápido y cruel. Vienen de un funeral con entierro y delante de ellos tienen una incineración sin oraciones ni plegarias. Elisa siente el abrazo de su esposo, de sus padres, ve su hogar quemado, allá abajo, lejos, en la pequeña aldea, ella está por fin en el lugar donde no duele la espalda.

 

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