TU PUTA CASA

Escrito en 2005.

        Aún con el traje negro de falda y pantalón puesto, tras el funeral y después de haber estrechado mecánicamente decenas manos fue a comprobar como las dos últimas décadas apenas habían dejado huellas en la casa de sus padres.

    La cocina seguía igual, con el mismo papel de violetas lleno de grasa en las paredes, y las fotos que su madre colocaba como un perfecto mosaico, para verlas mientras cocinaba. Muchas eran de su infancia, su atención se concentró en una de un grupo de niñas posando alegres, tenía prisa, no se paró ni a recordar el nombre de aquellas caras de su pasado.

    Respiró con fuerza, se le estaba empezando a hacer cuesta arriba la visita, tal vez debía haberle dado la razón al comercial, una inmobiliaria ahorra muchos trámites, incluso los sentimentales.

    Junto con los recuerdos, la vieja casa familiar era lo único que ahora le quedaba, no valía gran cosa, barrio humilde, pésima construcción, muebles viejos y malos… pero para costear un fin de semana en unas islas griegas llegaría.

    Después de ver cada habitación de una manera fugaz, finalizó la visita con un pequeño vistazo al desván, todo ordenado, impoluto, cerró despacio pero volvió a abrir. ¡Era imposible¡, ¡allí estaba¡, la pequeña caja de latón forrada de dibujos de Roy Lichtenstein. Su padre se la había regalado con doce años; un regalo simple y barato pensó de manera tasativa.

    Al abrirla, lo recordó, había un sobre blanco cerrado, con unos números escritos en el anverso “13-5-1995”; escrita hacia veinte años.

    Rompió el sobre con rabia, odiándose a sí misma, odiando a aquella adolescente de ocurrencias locas. Era una misiva de ella para ella, como dos desconocidas, la muchacha con mil ilusiones le escribía a la mujer desilusionada.

    Hablaba sobre formas de vida, sobre felicidad, sueños, respeto, conciencia y generosidad; la arrugó y la metió en el bolso, pensando que aquella joven que fue no sabía nada de lo dura que fue la Universidad de Derecho, del éxito, de la competencia, de sus dos separaciones, del estrés, la deslealtad, del dinero y de estar rodeada de personas y sentirse terriblemente sola.

    Cogió la caja y bajo las escaleras hasta el vestíbulo, salió de la “puta” casa sin mirar atrás, tiró con fuerza y decisión del enorme cartel con la leyenda “SE VENDE”; al fin y al cabo nadie como una misma para decirte a la cara que debes recuperar el sentido de tu vida.

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